de
piedra rubia decorada con mascarones y adornos.
La fachada
de los muelles se extiende a lo largo
de más de un kilómetro de
largo a orillas de la Garona. La reciente
ordenación de los muelles hace de
ellos una escala de placer y de distensión
para los bordeleses, principalmente los
domingos.
que el
Palacio Rohan, construido un poco
más tarde, marca la modernización
de la ciudad en el siglo XVIII que continuaría
en el barrio de los Grand
Hommes, barrio de las tiendas
de insignias prestigiosas, cerca del Gran
Teatro de Victor Luis y de las magníficas
Avenidas de Tourny. Se extiende hasta el
Jardín
Público, remanso de verdor
en el corazón de la ciudad.
, cercanas al océano,
al bosque y a la montaña, se elevan
orgullosas a orillas del Garona.
, que une el corazón
de la ciudad con su media luna característica
(en la que se inspira el escudo de Burdeos),
ha visto su actividad y sus instalaciones
desplazarse hacia el estuario, el más
ancho de Europa, para acoger mejor a los
grandes cargadores. Atrae actualmente y
ahora más que nunca, grandes cruceros
y barcos deportivos.
, el Océano Atlántico
y sus infinitas playas de arena blanca bordean
el litoral (dominado por la Duna de Pyla)
y se pierden seguidamente ante la inmensidad
del bosque de Landas, el más amplio
macizo forestal de Europa. Un remanso de
paz propicio para sus paseos y caminatas.
al viñedo y a sus
4.000 castillos, la viña se hace
ahora omnipresente. Rodeada por el Médoc,
las costas de Bourg y la Playa al Norte,
por Saint-Emilion, Pomerol y Entre-deux-Mers
al Este, y finalmente por Graves y Sauternais
al Sur. Burdeos nos muestra sus viñas
hasta el territorio de su aglomeración,
donde aún quedan algunos
castillos vitícolas prestigiosos.
pasa... y si se lo pide
el cuerpo, dése un paseo por el Périgord,
cuna de la Prehistoria (como así
lo atestiguan las rutas de Lascaux) y de
inmensas ciudades y castillos medievales.
Déjese tentar por la degustación
del Coñac
en carente, o del Armagnac
en el País de d'Artagnan. Siguiendo
por este camino, llegará naturalmente
a las puertas de España, donde dudará
entre particular encanto del País
Vasco y el del Béarn, feudo de Enrique
IV y de los espacios preservados de los
Pirineos.